Desde que Schuman pronunciara su famoso discurso aquel 9 de mayo de 1950, expresando la necesidad de acabar con los enfrentamientos seculares entre las potencias europeas que años atrás habían ocasionado el mayor enfrentamiento bélico de la historia, ha sido mucho lo andado en el proyecto europeo.

Inicialmente, a pesar del enfrentamiento existente entre las posturas federalistas y las confederalistas en torno a la cuestión, se optó por la tesis funcionalista, a caballo entre ambas. Se buscaba, primero, contribuir a la unión en el ámbito económico, postergando las decisiones en materia política. De esta manera, surgió la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) para la regulación de estos sectores de aquellos países que quisieran sumarse a esta nueva realidad.

A pesar del éxito inicial, y aunque el proceso de integración europeo ha avanzado progresivamente, han sido numerosas las crisis y retos que ha tenido que afrontar. Por ello, aunque parece encontrarse actualmente ante una coyuntura adversa, no es esta una situación novedosa. Para comprender a dónde hemos llegado y cómo solventar los problemas actuales debemos echar la vista atrás. El «Libro Blanco para el futuro de Europa» de 2017 asiste con incertidumbre a la nueva coyuntura propiciada por la salida del Reino Unido de la UE. Todo ello en una Europa que se recupera paulatinamente de una crisis económica y se ve afectada por el terrorismo internacional, las corrientes secesionistas o por el ascenso de los partidos populistas. Al mismo tiempo, a las puertas de nuestro continente se concentran miles de personas que huyen de la guerra en búsqueda de asilo, lo cual aumenta la dimensión de los problemas referidos.

Como se evidencia con estas palabras, es clara la encrucijada en materia económica, de prosperidad social y democrática o seguridad. Podemos considerar que el proyecto europeo se encuentra agotado o ha perdido el rumbo, o bien, como se ha hecho otras veces, aprovechar esta oportunidad para asentar las bases de un nuevo cariz para la prosperidad de todo un continente. Es necesario creer en el proyecto europeo y contar con la voluntad de crear una Europa útil en la que todos los ciudadanos podamos contribuir a su construcción.

No cabe duda de que uno de los grandes éxitos en el cronograma europeo fue la consecución de una Unión Económica y Monetaria planteada por el Informe Delors en 1989, aprobada por el Tratado de la Unión Europea (TUE) en 1992 y plasmada en medidas específicas como la creación del (BCE) o la constitución de la Eurozona con el euro como elemento integrador. Gracias a los esfuerzos realizados en el pasado, hoy podemos decir que nuestra moneda es la segunda divisa con más relevancia en el ámbito de las transacciones mundiales tras el dólar estadounidense, mostrando una gran estabilidad en los mercados internacionales.

No obstante, la misma no se encuentra totalmente completada, lo que supone una de las principales causas que explican el retraso en la salida de la reciente crisis. Los problemas más relevantes al respecto están relacionados con la falta de mecanismos de prevención de los desequilibrios macroeconómicos y con laxas políticas de regulación financiera que empujaron a los agentes a asumir un riesgo mayor. Se puede considerar que la gestión de la crisis económica y financiera de 2008 ha puesto a prueba la capacidad de hacer frente a grandes desequilibrios económicos. El BCE ha tomado diversas medidas de carácter expansivo como la reducción de los tipos de interés o el apoyo al crédito. Sin embargo, actualmente no pueden sostenerse estas políticas por el riesgo de inflación que conllevan, precisamente cuando este es el enemigo a batir según la génesis del BCE.

A pesar de que en estos últimos años se aprecia una débil recuperación y reactivación del crecimiento económico en los países de la Eurozona y las decisiones tomadas han demostrado estar bien orientadas a la recuperación, el BCE no puede volver a permitir incurrir en un episodio como el ya vivido. Es preciso desarrollar mecanismos de prevención más efectivos que detecten e intenten solventar con anterioridad a su estallido los desequilibrios macroeconómicos derivados de la economía globalizada. En este sentido, sería interesante explorar la posibilidad de crear, como ya muchos expertos han señalado, un Fondo Monetario Europeo (FME) con función preventiva y encargado de resolver los mencionados desajustes.

Asimismo, en materia de integración fiscal, no disponemos de una política fiscal única, sino que se recurrió al Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), el cual resulta insuficiente y sobre el que es necesario incidir en mayor medida, buscando cierta convergencia entre los sistemas fiscales europeos para facilitar el control y evitar problemas como la elusión fiscal y la competencia desleal dentro de la Unión. En suma, son múltiples y diversos los aspectos que necesitan una revisión en nuestra actual Unión Europea. Todos juntos debemos trabajar por una Unión que, en los próximos años, esté completamente preparada para ser mejor y dar la bienvenida a nuevos Estados candidatos de forma tal que todos juntos podamos afrontar un futuro que se presenta adverso. Siguiendo un lema incluido en la famosa saga del escritor estadounidense , «Juego de Tronos»: se acerca el invierno. Cuando cae la nieve y sopla el viento blanco, el lobo solitario muere, pero la manada sobrevive.