Detengamos nuestro ajetreado mundo un segundo y observemos lo que nos rodea. ¿Qué es lo que veis?… Personas… Personas diferentes… Pero vayamos más allá. Cada persona nos lanza un mensaje con su apariencia, su aspecto físico o con aquellos bienes materiales que le rodean. Cada uno de nosotros intentamos trasladar un mensaje a través de nuestras posesiones materiales, más concretamente a través de la ropa que vestimos, es la piel que elegimos.

En la actualidad, la mayoría de nosotros vivimos sumidos en el consumismo. Sin apenas apreciarlo compramos con frecuencia productos que quizás ni siquiera utilicemos. Ejemplo de ello podría ser el sector de la moda. Constantemente se encuentran a nuestro alcance nuevas prendas, nuevas colecciones de ropa, zapatos, bolsos… todo tipo de productos que compramos sin saber si en realidad tienen algún tipo de utilidad o simplemente si nos son necesarios.

La industria de la moda cambia rápidamente, en los últimos tiempos se da un fenómeno denominado “moda rápida” que se caracteriza por la constante aparición de nuevas prendas incentivando continuamente el consumo. La llamada moda rápida es un fenómeno posible gracias a los bajos precios de las prendas ofertadas, ya que esto permite a los consumidores adquirir incesantemente nuevos productos.

¿Qué es lo que encontramos detrás de estas constantes novedades y bajos precios? Pues bien, la respuesta a esta pregunta es conocida por casi todos nosotros y al mismo tiempo también ignorada. La industria de la moda se sustenta gracias a millones de personas que en la mayoría de los casos trabajan bajo condiciones precarias. Esta precarización laboral suele caracterizarse por salarios muy bajos, largas jornadas laborales, inexistencia de derechos laborales y prevención de riesgos e incluso trabajo infantil en algunos casos. Un terrible ejemplo de ello es la tragedia de Rana Plaza en el distrito de (Bangladés), donde más de 1000 trabajadores de este sector murieron en el derrumbamiento de un edificio a causa del lamentable estado del mismo.

Esta situación no solo afecta a la industria textil, sino que también lo hace a la agricultura, ya que tiene que seguir el vertiginoso ritmo de producción de la moda, puesto que para producir nuevas prendas se necesitan materias primas como puede ser el algodón. La producción agrícola conlleva un tiempo, el cual se acelera mediante productos químicos y pesticidas, o bien mediante el uso de semillas modificadas genéticamente que son monopolizadas.

Todo esto acaba afectando al medio ambiente, ya que los productos químicos utilizados en las plantaciones, la contaminación del agua utilizada para curtir pieles o las prendas que desechamos tiene un gran impacto ambiental que, a fin de cuentas, termina perjudicando nuestra salud. Y es que según nos cuenta el documental “The true cost” la industria de la moda es hoy en día la segunda más contaminante del mundo tras la industria petrolera.

Dada esta situación más que alarmante, se han puesto en marcha iniciativas a favor del cambio. Algunas de ellas tratan de dar ejemplo de que una moda más justa es posible, como el caso de las marcas de comercio justo o el “reto de la alfombra verde” promovido por Livia Firth, con el fin de que se participe en la moda de una manera más consciente. Otras en cambio plantean proyectos de ley, como es el caso de Bárbara Briggs, directora del Instituto de Derecho Laboral en Pittsburg (EEUU), que planteó la creación en el congreso de la “Ley de condiciones laborales dignas y competencia laboral”, la cual no se pudo llevar a cabo, por la sorprendente negativa de las grandes compañías calificando el proyecto de impedimento al libre comercio.

Esta situación, por triste que sea, viene dada por el capitalismo. En el capitalismo el objetivo principal es crear mayores beneficios frente a los competidores, es decir, aumentar tus beneficios, crecer. Aquellas personas que están a la cabeza de estas grandes multinacionales olvidan que detrás de esos bajos costes de producción hay personas que añoran una vida digna, como la que podrían desear ellos mismos para sus familiares o amigos.

Dicho todo esto solo me queda pensar: ¿será cierto que nos hemos vuelto tan materialistas que hemos perdido nuestros valores y humanidad?

Parafraseando a Martin Luther King Jr., creo que debemos emprender una revolución de valores, dejar de tratar a las personas como cosas, dejar de tratar a las personas con el único fin de obtener beneficios y tratémonos de manera real y humana.