Están en todas partes. Si encendemos la tele, navegamos por internet u hojeamos el periódico, aparecen. Si vamos paseando o miramos a nuestro alrededor durante un atasco, ahí están. Si te marchaste de la ciudad hace un tiempo y vuelves queriendo tomarte un café en el bar de siempre, podrías encontrarte con que lo hayan reformado para convertirlo en una. Aunque no nos percatemos, vivimos rodeados de ellas: son las casas de apuestas y los salones de juego.

Desde su tratamiento legal a comienzos de esta década mediante la Ley 13/2011, de Regulación del Juego, han proliferado. Primero se produjo un auge online. Posteriormente, como todo lo que triunfa en la red, se buscó trasladarlo a la realidad física —con notable éxito, digámoslo— a través de la apertura de numerosos locales por toda nuestra geografía. Según los datos de la y Recreativos (ANESAR) existen actualmente más de 3.100 salones de juego en España, de los cuales unos 240 se encuentran en Castilla-La Mancha. Sin añadir otra información puede ser que estas cifras nos digan más bien poco. Quizás indicando que hace 5 años el número de salones de juego en nuestra región apenas llegaba a 50, estemos en disposición de comprender la magnitud que este fenómeno ha adquirido.

Mucho se viene escribiendo en los últimos tiempos acerca de la estrategia de crecimiento del negocio del juego. Por ejemplo, hay quien entiende que la ubicación de salones de juego y casas de apuestas en algunos de los barrios más deprimidos no obedece precisamente al precio del alquiler. No son menos los ríos de tinta que se han hecho correr para analizar el perfil de jugador más asiduo. Y por supuesto, a solo un clic se encuentra la copiosa información de índole socioeconómica que se viene recogiendo con especial énfasis en los últimos años en los informes de la Dirección General de la Ordenación del Juego (DGOJ) y de la propia ANESAR. Cierto es que todos estos asuntos bien merecen ser iluminados con el fin de que la opinión pública dirija su foco mediático hacia ellos. Pero no lo es menos que su tratamiento, con total seguridad, excede por mucho el espacio que gentilmente nos ha cedido este periódico.

Es por esto por lo que centramos nuestra reflexión en por qué al juego se le ha permitido ocupar, publicitariamente hablando, en nuestro día a día y en nuestra sociedad, el nicho que dejaron en su día el tabaco y el alcohol. En 2005 se prohibió la publicidad de tabaco en . Por su parte, la publicidad de las bebidas alcohólicas se ha visto notablemente restringida con la promulgación de la Ley 7/2010, General de la Comunicación Audiovisual y la modificación operada en 2012 de la Ley 34/1988, General de Publicidad. No ha sucedido así con el juego. Valga como ejemplo que la inversión publicitaria de las casas de apuestas superó el año pasado a la de El Corte Inglés. Y parece que a nadie le preocupa.

Se discute si fue Arrigo Sacchi o Jorge Valdano quien pronunció aquella máxima que reza: «el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes». Sea quien fuere, lo cierto es que el significado de la frase no cambia. Quitando la vida y la muerte —y que nos perdone Bill Shankly—, todo puede explicarse mediante el fútbol. Ofrece un escaparate perfecto, un estrado inmejorable, un altavoz magnífico y un púlpito excelso para recoger los sentires de la sociedad, pero también para crear nuevas necesidades. Por ejemplo, el último corte de pelo del ídolo de turno, las zapatillas de no sé qué marca o un movimiento ortopédico convertido en un gesto viral gracias a la celebración de un gol.

Pero por desgracia no todo es tan trivial. El «deporte rey», como sabemos, disfruta de un masivo seguimiento, y de ello se ha percatado el negocio del juego para convertirlo en su adalid. Hoy en día 19 de los 20 equipos de la disfrutan del patrocinio de alguna casa de apuestas. Algunos de ellos incluso en sus camisetas —sí, aquellas en las que hace unos años se persuadió a las compañías cerveceras de añadir un «0,0» para evitar males mayores—. Incluso LaLiga cuenta con el patrocinio de una casa de apuestas —por cierto, hay quien discute si esto es lo más oportuno dada la existente y triste relación triangular fútbol-amaños-casas de apuestas. Ya se sabe que la mujer del César…—. Todo ello podríamos analizarlo desde el impacto económico que supone —la cifra de juego real (esto es, premios menos dinero apostado) se sitúa cerca del 1% del PIB— y con seguridad no realizaríamos crítica alguna a esta publicidad. Pero también deberíamos reparar en cómo este bombardeo publicitario contribuye a la normalización de una práctica que, recuérdese, puede desembocar en la ludopatía, una enfermedad reconocida por la .

Así, nos servimos del ejemplo del fútbol, aunque puedan existir otros, para llegar a unas preguntas finales con las que invitamos a la reflexión: ¿se están infravalorando por parte de las instituciones los efectos perniciosos del juego? ¿Debería incluirse, en la publicidad, el juego en el mismo saco que el tabaco y el alcohol? ¿Se mantendrá este bombardeo publicitario cuando se publique el Real Decreto sobre comunicaciones comerciales de las actividades de juego y de juego responsable?

A la espera de obtener respuestas solo nos queda otra pregunta por hacer, aunque esta parece más difícil de contestar: ¿por qué el juego sí?

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