El renacimiento del pensamiento en diversas áreas y materias que tuvo lugar en la España de los siglos XVI y XVII ha sido referido de manera genérica por la expresión «Escuela de Salamanca» la cual, de forma más concreta, se hallaba conformada por un conjunto de teólogos y juristas que llevaron a cabo una importante renovación de las ideas escolásticas. La originalidad de su razonamiento se encuentra fundamentada en la introducción de novedades procedentes de acontecimientos como el descubrimiento de América o de corrientes de pensamiento contemporáneas, tales como el humanismo o la reforma protestante. Como su propio nombre indica, la misma se originó y progresó en la , a partir de las enseñanzas impartidas desde su cátedra por el dominico , extendiéndose su influencia a otras naciones a través de aquellos miembros que dieron clases en universidades extranjeras.

En lo que respecta a su doctrina, debe destacarse que no era única ni aceptada por todos, sino que entre los miembros tenían lugar intensos debates, muestra de la vitalidad de la misma, como señala Paradinas Fuentes (2016). Se trata de una Escuela de pensamiento teológico y jurídico, pero también —para lo que ahora nos interesa— es una escuela de pensamiento económico que se encargaba de las cuestiones que en esta materia suscitaban conflictos morales. A pesar de que algunos puntos que tienen que ver con el Derecho Internacional e ius gentium o la legitimidad de la conquista y la polémica de los «justos títulos» han copado la mayor parte de la atención entre los muchos frutos producidos por esta escuela de pensamiento, interesa traer a colación el hecho de ser considerados por diversos autores como fundadores de la economía científica. Los eruditos salmantinos realizaron estudios previos de carácter analítico para posteriormente aplicar las normas morales derivadas de la teoría tomista del derecho a las actividades económicas. En este sentido, el jesuita Pedro de Oñate señalaba —evidenciando lo anterior—: «acerca de los cambios, nuestro principal interés en el tema es dilucidar su justicia o injusticia. Pero, para poder llegar a contestar esta pregunta, es preciso estudiar la naturaleza de los cambios y sus efectos».

En línea con lo anterior, aquello que acrecienta el valor de las aportaciones realizadas y que enlaza enormemente con nuestro tiempo es el hecho de que estos teólogos-economistas no prescinden de la denominada «razón moral», como ocurrirá en el pensamiento económico ulterior, es decir, llevan a cabo una integración de lo analítico y lo normativo, evidenciando, de esta manera, la naturaleza social de la ciencia económica.

Asimismo, este alegato en torno a la trascendencia de las aportaciones realizadas por la «Escuela de Salamanca» en el campo de la Economía, estaría incompleto si no enunciásemos algunas de las teorías más representativas. En teoría monetaria, algunas doctrinas relevantes son: (i) la teoría cuantitativa del dinero, (ii) la teoría de la paridad del poder adquisitivo del dinero, (iii) la teoría de la utilidad marginal del dinero. En cuanto a la teoría de precios, son significativas, entre otras, dos: (i) la teoría y los mecanismos de la competencia entre vendedores y compradores, (ii) la idea de la imposibilidad de que el hombre conozca el valor exacto del precio justo del producto, como resume Afanasyev (2015). Fueron especialmente representativos los nombres de Martín de Azpilicueta, Luis de Alcalá o Luis de Molina. El primero de ellos, ante la llegada de metales preciosos procedentes de las Indias, constató el hecho de que en los territorios en los que estos escaseaban, los precios de los bienes eran inferiores a los de países con abundancia de los mismos: el metal precioso, como una mercancía más, tiene menos valor adquisitivo cuanto más abundante sea. Desarrolló así una teoría valor-escasez precursora de la teoría cuantitativa del dinero, principalmente, en su obra «Manual de confesores y penitentes» del año 1556.

Es esta una buena ocasión para resaltar el que gran parte de las aportaciones realizadas por la Escuela fueron olvidadas al no existir continuidad desde finales del siglo XVII y la misma ha permanecido ignorada durante mucho tiempo. Por la evolución política posterior vivida en España, no siempre interesó continuar por los caminos que marcaron los profesores de . Asimismo, su reconocimiento internacional ha sido muy tardío, en parte por el rechazo mostrado por las principales naciones desarrolladoras de la ciencia durante siglos posteriores.

El reconocimiento definitivo de su valor se lo debemos al prestigio y a la influencia del economista austriaco J. A. Schumpeter, quien en los años 50 del siglo XX reivindicó la aportación de los salmantinos al origen de la ciencia económica dentro de la corriente de pensamiento económico español conocida con el nombre de arbitrismo.

Sirva, pues, este artículo para reivindicar con cierto orgullo chauvinista el papel primordial que estos estudiosos poseen para con la historia del pensamiento económico y su contribución universal a la ciencia económica que tan destacado papel posee en el mundo actual.

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