La economía ha evolucionado. Los albores del siglo XXI han vislumbrado una nueva corriente de pensamiento, una corriente que aúna otras disciplinas y se aleja de la economía tradicional: la neuroeconomía. Sirve tanto como herramienta para la ingeniería social, como punto de partida para aclarar los sesgos sociales que han aquejado a los modelos económicos desde su constitución como ciencia. La neuroeconomía integra diversos campos de estudio tan misceláneos como la neurociencia, la psicología, la economía y la sociología.

La profundización y avance que han experimentado las ciencias neurológicas han permitido salvar las distancias entre nuestro conceptualizado alter ego conocido como homo economicus y su homólogo, el homo sapiens sapiens. otro modo, nos acercamos a descifrar el paradigma de las decisiones irracionales de consumo y ahorro de las personas. Calcular cuál es el óptimo que maximice la utilidad a la hora de comprar un artículo cotidiano no es percibido como un comportamiento humano racional –pese a lo que rezan las ciencias económicas tradicionales-. Las compras impulsivas abarcan el mayor volumen de la cesta de la compra y, no sólo por desconocimiento o por el coste de oportunidad que supone emplear nuestro tiempo en contrastar con otros modelos y marcas, sino porque las personas nos guiamos por la máxima de la experiencia, preferencias, modas, recomendaciones y un sinfín de etcéteras antes que por complejos cálculos matemáticos.

En numerosas ocasiones, nos arrepentimos de haber realizado un desembolso en un determinado producto. Las razones pueden ser varias y no me aventuro al pronosticar que todos nos sentimos identificados con dicha sensación: ropa que se ha quedado colgada en el armario con la etiqueta intacta, alimentos que han caducado en el fondo de la despensa, un capricho con el que previamente nos regocijábamos al imaginar cuánto entretenimiento nos aportaría… En resumidas cuentas, dinero malgastado al que no se le ha sacado ningún partido, ni tan siquiera un mínimo de utilidad y que nos hace experimentar un sentimiento de culpa por no haber amortizado la inversión. En el mejor de los casos, cuando nos percatamos del poco rendimiento que le vamos a sacar, y todavía estamos dentro del período de devolución, vamos a la tienda a devolver el producto en cuestión (sopesando el coste de oportunidad entre ir a la tienda o perder el dinero invertido –pereza-). Para hacernos una idea de la frecuencia de lo relatado anteriormente, sólo hay que echar un vistazo a las estadísticas de devoluciones de compra, en el territorio y período que guste o, si no sois experimentados analistas (u os supone mucho esfuerzo contrastarlo con datos), basta con abrir vuestro armario e indagar en sus más oscuras profundidades.

En definitiva, la neuroeconomía ha surgido para solucionar el problema. Su irrupción no ha pasado desapercibida por la comunidad científica global, pues junto con Vernon Smith y han sido galardonados con sendos premios Nobel, en 2002 y 2017, respectivamente, por aportar pioneras investigaciones sobre la economía conductual. Bien es cierto que no debemos caer en el equívoco de considerar la neuroeconomía como la panacea y creer que va a reconvertir los estándares establecidos por los intelectuales que han precedido a la recién nacida corriente. En mi opinión, es un potencial complemento que nos ayuda a aproximarnos a comprender el complejo mundo que pretenden descifrar las ciencias sociales.