El desarrollo imparable de la tecnología, la crisis económica, las empresas tradicionales que no quieren ceder y extender sus horizontes a mejorar sus servicios, entre otros, han dado lugar a una nueva forma de oferta y demanda.

Es la economía colaborativa (‘sharing economy’), trata de un sistema económico en el que se comparten e intercambian bienes y servicios a través de plataformas digitales. Este intercambio se produce ya no entre profesionales, sino a través de particulares y es más, sin que dicho intercambio implique una actividad profesional remunerada por parte del oferente, aunque sí puede existir un intercambio económico en razón de gastos compartidos o de una pequeña compensación por la prestación del servicio.

La era de la economía colaborativa supone un cambio cultural en el que pasamos de una economía de tenencia y de propiedad a una economía de acceso, ya que por ejemplo, no compramos un coche si no que si me llevas en tu coche compartiremos gastos. Además, el consumo colaborativo no se limita a un solo campo de actividad, sino que puede abarcar cualquier ámbito en el que exista un intercambio de bienes o servicios entre particulares.

Por un lado, las grandes ventajas de la economía colaborativa es que uno podrá proveer bienes y servicios sin depender de un empleador dando lugar a la diversificación de la ocupación humana, consiguiendo un mayor número de emprendedores. Viene a reducir los costes de transacción y una mayor eficiencia en la utilización de los recursos. Siguiendo con el ejemplo del coche, si un conductor comparte vehículo, si lo hicieran un porcentaje significativo, quizás no se necesitaría aumentar la capacidad de las grandes infraestructuras de transporte en las ciudades, pero también el gasto energético sería significativamente mejor. Además, mejora la competencia, obligando en muchos casos a sectores tradicionales a innovar, estrechar márgenes y en definitiva ser más competitivos. Y por último, implica también una mayor oferta para los consumidores, donde muchas veces no es sólo cuestión de precio, sino de poder acceder a otras alternativas que hasta ahora no estaban disponibles.

Por otro lado, la economía colaborativa no es perfecta sino que tiene defectos en su implementación y todavía queda camino por recorrer. Los trabajadores no están asegurados, tienen que cubrir los costes de la operación comercial y el tipo de trabajo suele estar alejado de lo tradicional, siendo el elemento imprescindible la tecnología y el teléfono móvil su herramienta de interacción con sus clientes (sus ingresos dependen de la rapidez de respuesta para proveer los servicios o bienes). Es fundamental que los oferentes y consumidores de bienes y servicios mantengan buena reputación, ya que por ejemplo si vamos a ir con otra persona en coche miraremos sobre la base de las opiniones de los demás, si la persona es puntual, amable, si sobrepasa los límites de velocidad… Por tanto, si nuestra oferta es económicamente mejor que la de otro, pero mi reputación en esa plataforma no es buena, entonces las probabilidades de ser yo quien preste el servicio o comparta mi bien son escasas, por no decir nulas. Y por último, su regulación es otro factor de discusión.

Algunos ejemplos para ver de forma más clara cómo funciona la economía colaborativa son: que es la aplicación digital que conecta a pasajeros con conductores privados, la aplicación conecta con los usuarios y UBER hace un cargo a la tarjeta del pasajero basado en la distancia y tiempo, quedándose con un 20% de comisión y el 80% para quien realiza el servicio; es un servicio similar pero de alojamiento en ciudades de todo el mundo; APPRENTUS que es una plataforma creada para aquellos que necesitan lecciones o tutorías sobre temas específicos como idioma, e incluso quienes también están dispuestos a compartir sus conocimientos; MY TWIN PLACE que es un intercambio de casas para viajeros que surgió con el objetivo de lograr que las personas puedan viajar a nuevas ciudades sin tener que gastar gran parte de su presupuesto en alojamiento.

Todo ello, conlleva diferentes problemas, entre ellos con operadores tradicionales, que más allá de la presión mediática y regulatoria, crean dudas sobre el servicio competidor. Como por ejemplo, el caso de Uber, con su servicio UberPOP, ha levantado en armas a taxistas de medio mundo, hasta terminar siendo prohibido de manera cautelarísima en España. También, Airbnb se ve acosado por el lobby hotelero que pretende que se apliquen a los particulares la misma normativa que a los hoteles. Aunque otros operadores si se han sumado a la economía colaborativa, como por ejemplo lo hizo con Parkatmyhouse (servicio colaborativo de aparcamiento).

Otro problema, es que estas plataformas se sitúan en un limbo normativo ya que se trata de un fenómeno imparable que no tiene una regulación normativa clara en la actualidad. Las regulaciones existentes están basadas en un modelo económico obsoleto y se necesita normativa que regulen las nuevas relaciones sociales. No pienso que los nuevos operadores hayan de jugar con normas más ventajosas que los agentes ya existentes, si no que se ha de establecer un marco normativo y regulatorio que permita la entrada de nuevos operadores en igualdad de condiciones a los ya existentes y con ello, se eliminen las barreras administrativas que resulten innecesarias, es decir, las que no aportan valor al mercado y a la competitividad

En conclusión, la economía colaborativa es el presente y el futuro pero queda mucho por avanzar para sacarle más rendimiento sin perjudicar a terceros.