El dinero es la mayor creación del hombre capaz de facilitar la vida y los intercambios, pero ahora nuestras vidas se ven corrompidas día a día por el materialismo, porque ante él cada vez es más difícil mantener las más arraigadas ideologías o valores personales. Hasta el más estoico ser humano es incapaz de no caer rendido ante el poder del dinero y el lujo. Los que se oponen fervientemente al sistema capitalista salen perdiendo o se están engañando, puesto que todo gira en torno al dinero.

Es muy cierto decir que si una persona no goza de salud, da igual la cantidad de dinero o de títulos que posea. Sin embargo, según el sistema capitalista, ¿acaso gozaríamos de salud si no pagáramos impuestos con nuestro dinero para tener asistencia sanitaria o si no compráramos medicamentos? Nuestra felicidad depende inevitablemente del poder del dinero, y éste inevitablemente se ha convertido en uno de los pilares fundamentales de nuestras vidas.

Sólo en sociedades poco desarrolladas donde no existe semejante sistema, es posible alcanzar la plenitud sin ningún tipo de materialismo. En la nuestra, el dinero nos gobierna y nos oprime, envolviéndolo todo en su maraña, haciéndonos creer que todo puede ser cuantificado y comprado, pero es hora de empezar a sopesar otras cuestiones verdaderamente importantes y a superponer los valores humanos por encima del dinero. Salir del sistema capitalista es nuestro siglo va a ser tarea prácticamente imposible, pero no tanto el cambiarlo por uno en el que dejemos el materialismo y el consumo en un segundo plano, dando protagonismo a un crecimiento más sostenible y humano, pues según el economista Kenneth Bouldign, “quien crea que el crecimiento exponencial puede durar eternamente en un mundo infinito, o es un loco o es un economista”.

Suponiendo que lo que dice este señor es cierto, podemos concluir que la mayoría estamos locos y no nos damos cuenta de que un crecimiento económico descontrolado afecta al equilibrio del planeta y de que es hora de imponer unos límites al desarrollo si no queremos que el crecimiento se vuelva en nuestra contra.

Claramente es necesario satisfacer las necesidades humanas, pero podemos hacerlo con una serie de restricciones: ecológicas, es decir, cumplir con la conservación de los sistemas naturales que sostienen la vida en ella, y morales, esto es, renunciando a los niveles de consumo a los que no todos los individuos podemos aspirar.

Si no somos capaces de ello, incurriremos inevitablemente en el llamado “decrecimiento”, consistente en la renuncia al objetivo de crecimiento sin límites, cuyo motor principal es la búsqueda del beneficio por parte de aquellos que poseen el capital, trayendo consecuencias malignas para el medio ambiente y en definitiva, para la humanidad. El decrecimiento es una crítica radical al actual modelo productivista en este contexto de crisis ecológica global y que cuestiona las políticas vigentes.

Por tanto, el objetivo debe ser el de conseguir una sociedad en la que se viva mucho mejor consumiendo menos y produciendo más eficientemente para poder respirar un aire más puro, pues crecer incesantemente en un mundo que no es infinito hace que se destruyan los escasos recursos que quedan en nuestro planeta.

En definitiva, el decrecimiento viene a decirnos que la felicidad es posible obtenerse con un coste económico-ecológico menor que el actual, y que para ello la clave está en cambiar la conciencia social y el tejido cultural de nuestras sociedades, y no esperar a que la naturaleza sea vuelva en contra nuestra para darnos cuenta de que ya es demasiado tarde.

Bibliografía