Desde hace un tiempo y, especialmente, desde las elecciones del pasado 4 de marzo, Italia se encuentra en el centro de los debates económicos de . El alto nivel de endeudamiento público de este país (del 131,8% del PIB según Eurostat), unido al cambio político, que amenaza derivar en laxitud fiscal, han alarmado a todos los expertos e, incluso, hay quien vaticina que será el origen de la próxima europea. Pese a que el riesgo italiano es real, los puntos débiles de la economía europea no quedan circunscritos a este país, ya que el problema del endeudamiento público está generalizado, amenazando a toda la Unión.

En conjunto, la deuda pública de la Unión Europea alcanza, según Eurostat, el 81,6% del PIB, sobrepasando con creces el límite del 60% fijado en el Tratado de la Unión Europea (Tratado de Maastricht). Pero lo más grave no es el dato global, sino los países problemáticos en concreto, ya que entre los más endeudados encontramos a las grandes economías europeas, a excepción de Alemania, cuyo potencial para contagiar al resto de países es muy elevado. En concreto, según Eurostat, los países con mayor peso de la deuda pública en 2017 fueron Grecia (178,6%), Italia (131,8%), Portugal (125,7%), Bélgica (103,1%), España (98,3), Chipre (97,5%) y Francia (97%). De todos estos, Francia, Italia y España deberían alarmarnos especialmente al ser tres de las cinco mayores economías de la UE. Por lo tanto, una crisis de deuda soberana en cualquiera de ellas podría convertirse en fatal para el proyecto europeo, especialmente para la zona euro.

Desde el pacto de gobierno entre y el Estrellas el rendimiento del bono italiano, según Eurostat, se ha disparado del 1,7% al 3,4%, lo que ha despertado el temor a un contagio en toda la UE. Pese a que el riesgo es real, el paraguas del BCE ha evitado que este fenómeno se expanda hacia otros países. Por ejemplo, el bono español a 10 años se mantiene en torno al 1,6%, así como la prima de riesgo sobre los 120 puntos.

Sin embargo, no podemos perder de vista que las actuales circunstancias económicas, realmente favorables, van a cambiar en el corto plazo. En primer lugar, en diciembre concluirá el programa de compra de deuda soberana por parte del BCE, lo que se traducirá en un aumento del coste de financiación de los Estados. Por otro lado, cualquier cambio en los halagüeños resultados macroeconómicos de EEUU o China podría derivar en un enfriamiento económico a nivel global, que afectaría de lleno a nuestras economías. Por último, el factor político también debe ser tenido en cuenta, ya que la proliferación y ascenso al poder de movimientos populistas, como en el caso italiano, puede derivar en la implementación de políticas antieconómicas, que sin duda aumentarían el recelo de los mercados, incrementando, por ende, el coste de financiación.

Sin duda, mantener un nivel de endeudamiento tan elevado, más si cabe, en una situación macroeconómica tan favorable, supone una verdadera bomba de relojería en el seno de la Unión Europea, que puede llegar a amenazar seriamente su existencia. Cabe preguntarse cómo afrontarán los países europeos, con una deuda soberana, según Eurostat, mayor del 100% del PIB, las futuras crisis económicas. Si las consecuencias sociales de la Gran Recesión de 2008 fueron enormes, disponiendo los Estados de un amplio margen de apalancamiento –la deuda pública de España en el año 2008 era, según Eurostat, del 39,5%–, una previsible nueva crisis sería crítica, ya que la capacidad de actuación de las autoridades públicas está limitada. Deberemos estar atentos a la evolución de los acontecimientos, pero no hay visos de una política dirigida a amortizar deuda soberana, lo que añade incertidumbre e inestabilidad a las aún maltrechas economías europeas.