Se habla en ocasiones del Orgasmus para referirse al Erasmus. Supongo que dependerá del lugar donde se haga, pero tampoco hay que exagerar. El Erasmus es, para qué vamos a decir otra cosa, un tiempo en el que uno puede hacer lo que quiere, en el que se está rodeado de jóvenes de muchos países que también pueden hacer lo que quieren, se está lejos de casa (y de la familia) y todo lo que ello conlleva, y en el que, generalmente, la gente de la universidad no se porta demasiado mal contigo. Esto de “no portarse mal contigo” tiene grados que, creo yo, varían mucho según el país y la institución educativa, pero al menos uno tiene tiempo libre. Aunque, hay que decirlo, las tareas domésticas se llevan bastante de ese tiempo, y eso es algo a remarcar para quienes, como yo, teníamos poca experiencia.

El Erasmus es eso, pero de ahí a hablar del Erasmus, genéricamente, como “despiporre”, como “locura”, o más si nos dejamos llevar por la idea que la palabra Orgasmus transmite, hay un trecho. Ciertamente, son unas condiciones únicas en una etapa especial, que construirán un periodo inolvidable para quien lo experimente. Pero hay que decir que no existe un único tipo de Erasmus: cada uno vive el Erasmus a su manera, según lo que le toque, y sobre todo, según lo que quiera hacer.

En estos momentos escribo desde Albacete, después de haber pasado cinco meses en Lieja (Bélgica), de Erasmus en la HELMo (Haute École Libre Mosane). Lieja es una ciudad valona (Valonia es la región belga en la que se habla francés) de un tamaño similar al de Albacete, aunque Bélgica es un país muy poblado, donde da la impresión de que nunca deja de haber construcciones que den lugar al puro campo deshabitado. Esto hace que la aglomeración liejense tenga una población mucho mayor.

Si cada uno hace el Erasmus a su medida, hay que reconocer que Lieja abre todas las posibilidades en ese sentido. Si se busca fiesta, se encontrará, ya sea en la zona tradicional de marcha (en Lieja es Le Carré), o en los propios kots, que es como los belgas llaman a las viviendas alquiladas por estudiantes. Y no le faltará. Si se busca algo más que fiesta, Maastricht está a unos 25 km, ya en Holanda (o para hablar con propiedad, en los Países Bajos, pues Holanda es solo una parte de los Países Bajos y no incluye a Maastricht). No hace falta que explique más. Pero como digo, esto se encontrará si el estudiante Erasmus quiere, si no, hay también muchas otras posibilidades.

Por ejemplo, si lo que uno busca, como yo hice, es viajar, entonces también está en el mejor lugar. Bélgica es un país construido allá donde los bloques lingüísticos y culturales latino y germánico se encuentran, en pleno núcleo de Europa. Es un área, como decíamos antes, muy densamente poblada, lo que permite que en un área con una superficie (30.528 km2) ligeramente menor a la de las provincias de Albacete y Cuenca juntas, haya una población (11.071.483 habitantes) de casi 16 veces la de estas provincias juntas. Esto permite que el número de ciudades en Bélgica sea elevado, pero lo que es más importante: estas ciudades bien merecen una visita. Ciudades como Bruselas, Gante, Brujas, Amberes, Lovaina, Malinas, Namur o Tournai se encuentran dentro de Bélgica, a un paso. En general, son ciudades que conservan sus cascos históricos desde allá por el siglo XVII, muy distintas de las españolas, pero el amante de la Historia sabrá que precisamente en esa época toda la zona de Bélgica estaba unida a la corona española. Como resultado, y como curiosidad, el buen observador encontrará numerosos escudos españoles en muchos edificios nobles de estas ciudades.

No se tiene, además, excusa para no viajar. Los billetes de tren son válidos, no para un solo tren que sale a una determinada hora concreta de tal ciudad y llega a otra como en España, sino para todo un día, todo un fin de semana, o en ocasiones, incluso, para todo un mes. Debe recalcarse que esos billetes son mucho más baratos que en España, y que cada trayecto tiene un tren realizándolo a cada hora. Es decir, si se llega tarde a uno, dentro de una hora se podrá coger el siguiente. Es cierto que en España los trenes son más bonitos, más cómodos, más modernos y más rápidos, pero, personalmente, cambiaría sin dudarlo el sistema ferroviario español con todos sus aves por el belga.

De todos modos, la mejor fórmula para viajar es el Go Pass: los menores de 26 años pueden comprar por 50 euros un billete válido por un año que permite hacer diez viajes entre estaciones de ferrocarril belgas, sean las que sean. Ida y vuelta se consideran viajes distintos, pero en cualquier caso, eso quiere decir que por 10 euros uno puede ir en tren a cualquier ciudad de Bélgica y volver. Lo dicho: no hay excusa para no viajar. Fuera de Bélgica, el entorno también es inigualable. A 300 km o menos de Lieja, aparte de todas las ciudades belgas mencionadas, uno encuentra Ámsterdam y la casi totalidad de los Países Bajos, París y el norte de Francia, Luxemburgo, y el oeste de Alemania. Pero, eso sí, comparados con el Go Pass, los precios de los billetes se disparan al cruzar la frontera belga.

Pero el Erasmus ofrece mucho más. Uno puede hacer especial hincapié en algún aspecto en su Erasmus (yo lo hice en los viajes), pero se encontrará con más cosas. La experiencia compartida con gente de toda Europa, y en ocasiones de todo el mundo, representa un gran enriquecimiento personal. El empuje a los idiomas será también fuerte (aunque en este sentido, lamentablemente, uno no parará de encontrarse con otros españoles por el mundo). El Erasmus representa por tanto, en muchos casos como el mío, la apertura al mundo, el inicio del descubrimiento de lo que está ahí fuera y no conocía aún. El hecho de que se haya acabado, sin embargo, no me entristece, porque siento que es un inicio: aunque haya vuelto a casa y haya cerrado una etapa, la puerta al mundo que el Erasmus abrió sigue ahí, abierta, y creo que más pronto que tarde volveré a atravesarla. Porque pocas cosas hay mejores que descubrir nuevos lugares, nuevas gentes, nuevos pensamientos.