Cambridge es una de esas ciudades que hay que tratar de conocer, aunque sea en verano. Se combina en ella el sabor a su prestigiosa formación universitaria con el olor de sus enormes árboles y sus amplias y cuidadas alfombras de hierba. Todo con el río Cam. Este río es un regalo para la ciudad, la cruza y es referencia para residentes y turistas. Al pasear junto a su cauce huele a agua, madera, hierba y, a veces, a bollería inglesa. Caminando por sus calles no puedes dejar de sorprenderte por la rotundidad y belleza de sus edificios más emblemáticos, sus múltiples iglesias para una gran variedad de confesiones y sus imponentes y serios colegios que forman la base de una universidad que ha obtenido en los dos últimos años el primer lugar del QS World University Ranking, por delante de Harvard, Yale y Oxford.

La labor de la es una de las más admiradas mundialmente. Sus 31 colegios mayores reciben anualmente a miles de estudiantes, los albergan y les ofrecen actividades diversas a través de las tutorías académicas, con el fin de supervisar y optimizar su rendimiento, participando el alumnado en diversas estrategias de aprendizaje, en función de la estructura de su plan de estudios. La universidad propiamente dicha, completa a las instituciones comentadas. Está regida por un consejo cuya presidencia recae actualmente en Lord Sainsbury of Turville, canciller de la universidad, el cual cuenta con un vicecanciller o rector para la tarea ejecutiva.

En el mes de Agosto los colegios son visitados por multitud de turistas. Es impresionante contemplar los edificios que lo componen y los enormes terrenos de césped y árboles que los rodean, apareciendo casi siempre el río Cam para que la estampa te deje inmóvil durante un rato. Te sientas, lo admiras y dejas que te domine la sensación. Completas la mañana paseando por una ciudad dinámica, en la que seguramente hay más bicicletas que habitantes, un sinfín de razas, nombres desconocidos en los respaldos de muchos bancos y en la que los colores de la bandera británica surgen de manera continuada.

Merece la pena verlo todo. Si hubiese que elegir yo me quedaría con un paseo tranquilo por el cauce del río. Eso es vida. Los patos parece que sonríen. Se pasean, según convenga, por el mismísimo río o por las excepcionales llanuras verdes que lo flanquean, todo el mundo les alimenta, se divierten viendo como los turistas, novatos en ello, intentan controlar las barcas que lo recorren y, además, no tienen que preocuparse de las dos cosas más complicadas de Cambridge, esto es, cruzar una calle con tráfico intenso de automóviles (mirar primero al carril de la derecha y luego al de la izquierda) y acertar en la ropa de abrigo que han de ponerse cada mañana.