Bélgica es un país situado en medio de la gran falla que cruza y divide, o en torno a la cual se une, según la preferencia del lector, Europa occidental. Es una frontera cultural y lingüística, claramente visible para quien la cruza, aunque no se vea acompañada de cordilleras inaccesibles o de anchos ríos. Es un accidente humano, no uno geográfico, aunque invisible para nosotros, los españoles, que debido a aquello de que los árboles no nos dejan ver el bosque, confundimos a todos los (demás) europeos cuando de vez en cuando levantamos la vista desde el otro lado de los Pirineos. Pero aunque no nos demos cuenta, está ahí desde hace milenios. De hecho, las dos placas tectónicas tienen sus fricciones, que incluso han provocado grandes terremotos a lo largo de la historia.

Bélgica se extiende a un lado y otro de la falla. Está formada a un tiempo por tres regiones y tres comunidades, que se solapan completamente. Al norte está la región de Flandes, toda ella en la Comunidad Flamenca, donde se habla un neerlandés (holandés) dialectalizado. El neerlandés es una lengua germánica, como el inglés y el alemán, y de hecho, escrito, parece una mezcla de ambos. Al sur está la región de Valonia, donde se habla fundamentalmente francés (una lengua latina, como el español o el italiano). En el extremo más oriental de Valonia, se habla alemán. La zona francófona (abrumadoramente mayoritaria en Valonia) forma parte de la Comunidad Francesa (pero no de Francia), y la pequeña parte de habla alemana, de la Comunidad Germanófona.

La tercera región belga, Bruselas-capital, es el epicentro de todos los temblores que amenazan al edificio belga. Bruselas es una isla en medio de Flandes, una ciudad rodeada íntegramente de territorio flamenco, que fue parte de Flandes históricamente hablando, pero que es mayoritariamente francófona desde hace más de un siglo. Su estatus lingüístico es bilingüe francés-neerlandés, y sus ciudadanos están adscritos a una comunidad u otra (francesa o flamenca). En la periferia, ya en territorio flamenco, la población francófona crece, por el efecto de las ciudades dormitorio en torno a Bruselas (como ocurre en cualquier gran ciudad europea). Así, la población francófona ya es mayoritaria en unas cuantas de esas ciudades, que unirían Bruselas y Valonia si estas poblaciones se agregaran a Bruselas. Es algo que pone muy nerviosos a los (políticos) flamencos, que realizan auténticas políticas de discriminación contra los francófonos.

Así, los dos bloques se materializan en Bélgica: Flandes (de idioma neerlandés, germano) y Valonia (de idioma francés, latino). Políticamente, la separación y el enfrentamiento son máximos (dentro de lo no violento): no hay partidos comunes, toda negociación se observa como un enfrentamiento Flandes-Valonia, y el separatismo en Flandes es tal que el partido vencedor de las últimas elecciones en Bélgica fue un partido separatista flamenco (como si en España ganara las elecciones generales, no el PP ni el PSOE, sino el partido de ). De ahí que les sea tan difícil formar gobiernos. Pero los políticos en general, con la excepción de aquellos Laportas flamencos, tampoco se deciden a una separación tajante, todavía. Además, de separarse, los flamencos se arriesgarían a perder definitivamente Bruselas, y Bruselas… la quieren flamencos y valones. No obstante, el tema de la escisión de Bélgica está a la orden del día. Pero ahí ya hablamos de los políticos, y todos sabemos que una cosa son los políticos y otra la población. ¿Existe esa distancia entre las poblaciones? La respuesta es que sí.

Un catalán puede hablar a un castellano en catalán, y que este lo comprenda en lo fundamental, aun con esfuerzo. Y desde luego, por escrito, el castellano podrá entender más o menos el catalán, si quiere hacerlo. De todos modos, ambos pueden hablar y comunicarse perfectamente en español. Un flamenco y un valón no pueden entenderse con sus respectivas lenguas, radicalmente distintas. Tienen sus propios medios de comunicación, separados, en sus propias lenguas. Viven de espaldas unos de otros. Los francófonos, de hecho, siguen mucho los medios franceses y luxemburgueses. Pero incluso a pie de calle se percibe la diferencia. Las casas son distintas, y tienen modos de vivir distintos, hasta en lo más simple, pero visible: en Valonia hay muchos coches, mucho tráfico, y muy pocas bicicletas (quizá menos aún que en España). En Flandes hay pocos coches (eso sí, de alta gama), poco tráfico y muchas bicicletas (quizá no tantas como en Holanda, pero casi). Tan solo con eso ya se percibe una atmósfera muy diferente a un lado y otro de la falla.

Por cierto, los flamencos son los “ricos” y los valones, los “pobres”, desde hace como medio siglo. Antes, los valones eran los más pujantes. De ahí que en el momento de su independencia en 1830, el idioma oficial de Bélgica fuese exclusivamente el francés, que Bruselas sea francófono, o que la colonización del Congo se hiciera en francés, pese a ser mayoritaria en el conjunto de Bélgica la población de habla neerlandesa.

La falla cruza Bélgica de oeste a este, pero marca también las fronteras de otros países. Entre Lieja (Liège en francés), la ciudad valona en la que he hecho mi Erasmus, y Maastricht (Países Bajos) hay 29 km, entre Lieja y Aquisgrán (Aachen en alemán, en Alemania) hay 47 km, y ese tipo de diferencias (por ejemplo, sobre bicicletas y coches, o sobre arquitectura, por no hablar de lenguas) se perciben conforme se sale de la estación de tren (o quizá incluso antes). La falla se extiende desde Bélgica, a Luxemburgo, al límite entre Francia y Alemania, a Suiza, y al límite de Italia y Austria, y separa la Europa latina de la germana. Es una línea heredera de los limes romanos que los separaban de los germanos, y sigue ahí, marcando diferencias hasta en las economías de nuestra Europa unida. Pero en torno a esa línea está también el núcleo económico, demográfico y político de Europa occidental (Bruselas, Luxemburgo y Estrasburgo son tres ciudades indiscutiblemente parte de esa línea). Es también, si así se prefiere ver, la columna vertebral de una Europa con dos mitades, pero inseparable… aunque determinadas políticas impuestas desde uno de los lados la golpeen y amenacen con dejar a Europa parapléjica. Una Europa que, dicen, Carlomagno comenzó a unir allá por el año 800. Un Carlomagno que, por cierto, nació cerca de Lieja, y situó su capital y murió en Aquisgrán, a un lado y otro de la línea que aún hoy pervive.